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Ayúdame
Tenía tan sólo 14 años la primera vez que estuve en aquel lugar, ahora
30 años más tarde volvía a helárseme la sangre con su presencia.
Aquella casa había aparecido durante todos esos años en mis peores sueños,
ahora sabía que entre sus muros se encontraban todas las respuestas a mis preguntas
y posiblemente el fin de mis pesadillas.
Todo empezó el día en que nuestro colegio decidió llevarnos de excursión
a aquella aldea de casas blancas, que algún día fueron habitadas por los guardeses
y parte del servicio de un cortijo que se encontraba tan sólo a 2km de allí.
Bajamos del autobús deseando explorar aquel lugar haciéndonos los valientes delante
de los demás compañeros sin saber que aquella fanfarronería nos costaría un disgusto.
De entre todas aquellas casuchas una nos llamó más la atención,
esta se encontraba apartada de las otras,
unas ajadas cortinas ondeando por entre los cristales rotos
de aquella vieja ventana le daban un aspecto más fantasmal
y siniestro que a las demás.
Su puerta de una madera oscura ya carcomida,
se abrió sola ante nuestros asombrados ojos.
Tino enseguida trató de convencernos a Kiko y a mí para que pasásemos,
ninguno de los dos queríamos entrar pero el seguía insistiendo,
sabía que a mi no lograría convencerme fácilmente pero sin embargo
con Kiko sería diferente.
Kiko era un niño acomplejado pues tenía una deformidad de nacimiento,
los demás chicos siempre se burlaban de el y le llamaban “el alicorto”
porque tenía un brazo más corto que el otro.
Tino haciendo uso de esa característica crueldad infantil comenzó a increpar a Kiko:
- Vaya, ahora ya sabemos porque te llaman el alicorto Kiko,
porque eres un autentico gallina!!!
Kiko sin pensarlo dos veces y lleno de rabia pegó una patada a la puerta y le contestó:
-Tu primero!!
Tino pasó primero y Kiko aunque renqueando le siguió,
yo me quedé allí mirando a aquella puerta impasible viendo como mis dos amigos
se adentraban en la oscuridad.
Podía oír desde fuera como Tino seguía burlándose de Kiko de pronto
un estruendo tremendo me sacó de mi ensimismamiento,
eran ellos dos corriendo escaleras abajo. Venían pálidos y sudorosos
podía ver el terror en sus rostros,
apenas podían articular palabra, entre sus balbuceos lo único que pude entender fue…
- Hay alguien allí arriba Leo!!
Al principio pensé que quizá algún vagabundo se había refugiado allí y les había asustado,
pero el que se asustó realmente fui yo cuando me contaron lo sucedido.
Habían oído el lamento y gritos de una joven dentro de una habitación cerrada,
al abrir la puerta para acudir en su ayuda no había nadie,
sin embargo la misma voz les susurró pausadamente y con síntomas de agotamiento
aquellas cuatro silabas
"a........ yú…..da.....me......",
de repente la puerta se cerró con furia ante sus ojos y ambos bajaron la escalera
lo más rápido que pudieron dispuestos a alejarse de aquella casa para siempre.
Aún muertos de miedo nos remordía la conciencia al pensar que alguien en aquella habitación necesitaba nuestra ayuda y nosotros por miedo íbamos a huir,
así que nos armamos de valor y volvimos a entrar en aquella casa.
Subimos despacio por la vieja escalera, la madera crujía a nuestro paso, no se oía nada.
Llegamos a la habitación muertos de miedo al abrir la puerta no había nada
tan sólo una ventana y sus cortinas movidas por el viento,
la misma que vimos desde fuera.
De pronto una nueva ráfaga de aire cerró de nuevo la puerta,
al principio nos asustamos pero luego nos entró la risa,
allí no había nadie solo había sido la sugestión ayudada por el viento.
Nos disponíamos a salir al pasillo cuando todas las puertas y ventanas de la casa
se cerraron al mismo tiempo, la temperatura bajó varios grados bajo cero
y un hedor insoportable llenó toda la estancia.
Estábamos paralizados, el miedo nos impedía movernos pero algo que se acercaba
a nosotros nos hizo reaccionar.
La pared estaba siendo arañada por una mano invisible, podíamos oír un chirrido
como el de una tiza en la pizarra mientras el surco de cuatro uñas rasgaba la pared
avanzando hasta donde estábamos nosotros.
Salimos corriendo cada uno por un lado, yo me escondí en lo que parecía había sido el baño,
cerré la puerta y esperé detrás de ella con el corazón saliéndoseme por la boca.
No sabía cuanto tiempo llevaba allí quizá fueran pocos minutos o quizá una eternidad,
tampoco sabía nada de mis amigos pero esta duda me la despejó enseguida
un terrible alarido que me heló la sangre.
Eran ellos, podía oírles gritar a través de la puerta,
yo tan sólo pude cerrar los ojos y taparme los oídos.
Los gritos habían cesado pero un nuevo sonido llamó mi atención,
había alguien en aquel baño conmigo podía sentirlo.
Sentía su aliento en mi nuca, al girarme vi aquel espejo lleno de vaho,
un vaho imposible puesto que no había vapor pero lo que sucedió a continuación
me dejó trastornado para siempre, pausadamente y con caligrafía de niño fue apareciendo
poco a poco una palabra,
“AYUDAME”.
En aquel momento y con los ojos llenos de lágrimas abrí la puerta como pude y baje
aquellas escaleras como alma que lleva el diablo.
Al salir de la casa miré hacia atrás y le vi en aquella ventana,
mirándome con esa sonrisa diabólica, diciéndome entre dientes
“volveré a por ti”.
Jamás nadie encontró a mis amigos, por más que batieron la zona durante
meses no pudieron encontrar ni siquiera una pista que les llevase hasta ellos,
además mi pérdida del habla no facilitaba las cosas.
Desde aquel día permanecí callado, en estado de shock.
Mis padres no sabían a qué médico acudir para que yo volviera a ser el mismo
niño alegre de siempre ahora me había convertido en un niño
sombrío escudado bajo su silencio.
Pasaron los años y nada había cambiado, mis amigos ya eran tan sólo un recuerdo
y lo sucedido en aquella casa una pesadilla recursiva que cada noche me atormentaba.
Cada noche al apagar la luz de mi mesilla volvía a aquella casa en sueños,
seguía oyendo los lamentos de esa joven en aquella habitación
pero aquel día ella pronunció mi nombre,
me estaba llamando a mí pidiéndome ayuda.
Intenté entrar en aquella habitación pero al girar el pomo allí estaba él,
mirándome desde la vieja ventana, corrí escaleras abajo mientras aquella voz seguía repitiendo:
“Le…o, a….yúda…me”.
Me levanté empapado en sudor y con la respiración agitada, pensé que lo mejor sería
darme una buena ducha.
Al entrar al baño mi cuerpo quedó paralizado por la visión que tenía enfrente,
aquellas mismas letras que hacía 30 años me pedían ayuda habían vuelto ahora a mi espejo,
salí desorientado hacia la cocina,
de pronto la palabra ayuda se formó como por arte de magia con las pequeñas
letras imán de la nevera, el teléfono comenzó a sonar estridentemente,
al levantar el auricular sólo pude escuchar
“A….YU….DA…ME”.
No podía más, me vestí y salí huyendo a la consulta de Joaquín.
Joaquín era mi psiquiatra, me había tratado desde aquel día y era el único
que me había hecho hablar.
Tan sólo él conocía mi historia y aunque parezca raro jamás había dudado de mi palabra.
Cuando llegué a la consulta su secretaria me hizo pasar enseguida sabía que algo ocurría
pues mi cara desencajada lo decía todo.
Le conté lo sucedido horas antes y no daba crédito a mis palabras, ¿como era posible?,
él no podía hacer nada ante eso sin embargo,
rebuscó entre sus cajones y sacó una tarjeta.
- Leo, no sé si ni siquiera esta persona podrá ayudarte pero habla con ella.
Era la Tarjeta de una parapsicóloga amiga suya, Ana.
Ana vivía en la residencia de estudiantes universitarios, decía que prefería vivir cerca
de sus aparatos y su material por si surgía alguna urgencia para su equipo de “cazafantasmas”.
Llevaba años estudiando los fenómenos polstergeist y parecía ser una experta
en todo lo sobrenatural.
Estuvimos hablando muchas horas, le conté todo lo sucedido hacía 30 años
y aquella misma mañana, mis pesadillas y mis temores,
ella solamente me cogió la mano sonriendo y me dijo:
- Tranquilo, vamos a terminar con esto pronto.
Reunió a todo su equipo de investigación, pasaron varios días encerrados estudiando mi caso,
leían en Internet posibles sucesos de la zona en aquellas fechas,
controlaban mis horas de sueño con electrodos,
todo un despliegue científico que no sabíamos si serviría para algo.
Una mañana, uno de los muchachos que se había desplazado hasta el lugar de los hechos
trajo noticias. En aquel sitio había tenido lugar una cruel matanza hacía muchos años,
uno de los sirvientes del cortijo se volvió loco al enterarse que su hija estaba embarazada.
Como esta no quiso contarle quién era el padre de la criatura,
le desfiguró la cara con agua hirviendo para que jamás ningún hombre
volviera a acercarse a ella, prometiéndole que si no le revelaba el nombre mataría
uno por uno a todos los jóvenes de la pequeña aldea.
Así fue, cada noche apresaba a uno de los muchachos y los llevaba en presencia
de su desfigurada hija la cual permanecía encadenada en aquella habitación
igual que un perro y después lo mataba con su hoz.
Así noche tras noche hasta que no quedó ninguno,
pero su hija seguía sin decirle quien había sido, lleno de ira arrastró
a su hija hasta la calle y en presencia de varios vecinos la quemó viva
sin que ninguno pudiera hacer nada por ella,
pero mientras se calcinaba gritó que su padre era el asesino.
Los hombres de la aldea lo apresaron y al igual que él había hecho con su hija
le quemaron vivo en una pira en mitad de la aldea para que todos pudieran
ver al asesino de sus hijos quemarse.
Algunos viejos de pueblos cercanos contaban que aún hoy si algún joven
se acercaba por allí el espíritu de aquel hombre se hacía con él.
En aquel momento, después de escuchar aquella historia comprendí todo,
aquel hombre se había llevado a mis amigos por intentar ayudar a su hija,
pero ella aún seguía pidiendo ayuda.
Ana me explicó que cuando una persona muere en circunstancias violentas se queda
atrapada entre los dos mundos,
el de los vivos y el de los muertos y que aquella chica lo único que necesitaba era
que la dejásemos ir de aquella casa,
pero para ello tendríamos que terminar con su padre
lo que significaba que teníamos que volver a aquella casa.
Habíamos llegado, 30 años después de perder a mis mejores amigos en esa casa,
todo seguía como aquel día. Ana y sus compañeros entraron primero
para disponer todo el equipo, íbamos a realizar un exorcismo.
Juan, es un experto exorcista de la iglesia católica reconocido por el Vaticano
que se ofreció a ayudarnos en cuanto Ana le relató mi historia.
Ataviado con su sotana, su Biblia y su agua bendita recorrió la casa y nos indicó
que toda la energía se encontraba concentrada en aquella habitación.
Nos pidió a todos que esperásemos detrás de él mientras comenzaba la ceremonia.
Según empezó a agitar el acetre con el agua bendita miles de uñas comenzaron
a arañar las paredes de aquella habitación dejando profundos surcos en ella,
se oían gruñidos como de animales por toda la casa y los viejos grifos de baños
y cocina estallaron emanando chorros de sangre.
Poco a poco se fue formando la silueta de aquel hombre que me miraba fijamente
y que con una voz sobrehumana me decía:
- Te dije que volvería a por ti y aquí estas, no saldréis ninguno vivo de aquí.
Dicho esto todas las puertas se cerraron al unísono y una fuerza sobrenatural
me empujó al centro de la habitación donde se había formado un remolino de energía
que poco a poco me iba succionando.
La puerta de la habitación empezó a temblar con fuerza,
Juan la sujetaba para que no se cerrase pero fue en vano, una mano espectral
le sujetó la garganta intentando estrangularle hasta que cayó desplomado al suelo.
Aquel hombre me miraba con su sonrisa diabólica mientras seguía empujándome hacia el remolino:
- Morirás como todos, todos merecéis morir como ella!
En aquel momento Juan sacó su crucifijo de plata de su sotana y se lo posó en la frente
dejándole una tremenda quemadura mientras repetía una y otra vez:
- Recede ergo, Satan, in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti
De pronto aquella figura fue arrastrada por un haz de luz hacia el remolino
y desapareció sin más soltando tremendo alarido.
Sabíamos que todo había terminado gracias a Juan y a Ana y su equipo.
Mis pesadillas terminarían para siempre.
Recogimos el equipo y nos dispusimos a partir de nuevo hacia casa,
iba despacio por la carretera tranquilo sabiendo que mi vida a partir de ahora sería diferente.
Las luces del coche de atrás me hacían daño,
al mirar por el retrovisor vi a una joven sentada en el asiento de atrás,
su cara estaba quemada,
el miedo me dejó seco, ella tan solo sonrió y
Me dijo
“gra…cias”,
luego desapareció.
Chivi.
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